miércoles, 3 de diciembre de 2008

domingo, 24 de agosto de 2008

Informe: La Componedora Saida

Fue mi tía la que nos habló de Saida, la componedora. Mi abuela habló después. Escuchamos con asombro y escepticismo las historias de sanación. “Saida, la mujer que soba”, le decían.
Había heredado el don de su madre; lo ejercía desde muy pequeña. Trataba a futbolistas, señoras de edad e incluso a doctores. Con Carolina iríamos a verla al día siguiente.
Llevábamos poco tiempo en Coquimbo y sus calles, excepto las más concurridas, nos eran ajenas. Esperamos el taxi colectivo durante quince minutos en vano: las indicaciones de mi tía o eran incorrectas o las habíamos mal entendido. Preguntamos a un transeúnte dónde tomar el colectivo y nuevamente llegamos a un lugar falso, donde no transitaban autos ni peatones.
Nos topamos con un anciano cuyas palabras nos desconcertaron aún más: ir para “allá”, llegar a la bomba, subir, ir al almacén, caminar por la calle de los Valdivia hasta una esquina. Pero eso no nos convenía: quedaríamos en una posición en la que tendríamos que hacer un trayecto más largo, pasear por todo el centro en el auto y probablemente nos cobrarían más caro. Por eso, sostenía el anciano antes de contradecirse de nuevo, lo mejor era “seguir por acá”, llegar a la iglesia y preguntarle al curita por los colectivos a San Juan.
Mientras hablaba, el anciano hacía gestos imprecisos con las manos, que lo mismo podían significar una dirección como la otras. Carolina se impacientaba: el dolor de su pierna aumentaba. Caminaba a duras penas y le costaba tenerse de pie. Preguntamos la dirección a cada persona que nos topamos y todos nos daban una versión distinta. De alguna forma, nos topamos con un colectivo que decía “San Juan”.
-¿A dónde van?- El colectivero usaba lentes de sol. Por algún motivo contenía la risa. ¿Era algo que había escuchado en la radio? ¿Nuestro aspecto? ¿Se había dado cuenta de que no éramos de allí?
- Jesús Salvador 369, por favor.
Puso el auto en marcha mientras nos miraba por el espejo retrovisor.
- ¿Les puedo preguntar dónde van?
- A ver a Saida, la mujer que soba. Una componedora.
El hombre pareció entusiasmarse.
- Yo voy donde la Marta- dijo. –Es que soy de Ovalle. Y un día me empezaron a doler los riñones. No podía quedarme sentado, de lo fuerte que era el dolor. Y fui donde la Marta. Y listo: la mujer me quitó el dolor. O sea, me lo cambió de lado: del costado derecho al izquierdo. Pero después empecé a sangrar. Me salía sangre en la orina, entiende? Al hospital tuve que llegar. Pero era buena ella. Marta se llamaba. Para que sepan.
En Jesús Salvador había feria. El colectivero dijo que teníamos que atravesarla para llegar donde Saida.
Caminamos con optimismo, al comienzo, creyendo encontrarnos muy cerca: si estábamos en el número 300, el 369 no podía estar muy lejos. No tardamos en decepcionarnos: después del 200 venía el 28, y a este le seguía el 68. Luego el 23. La numeración no tenía sentido. ¿Qué hacer? Volvernos no tenía sentido. Habíamos invertido dinero y tiempo: la tarde comenzaba a declinar. Sólo nos quedaba preguntar.
La mujer de un negocio afirmó que la componedora atendía junto al motel “No Sé”, pero ignoraba cómo llegar a éste. Otra señora dijo que nunca había escuchado hablar de Saida, pero que en El Llano (de donde veníamos) atendía una tal Marta, que también hacía sanaciones. “Dicen que es muy bueno, pero yo nunca he ido. Es que dicen que es muy sucia. Pero dicen que es buena”. Un barrendero nos dijo que debíamos caminar un par de cuadras, doblar hacia la izquierda y caminar tres cuadras más. El tipo se había confundido y creía que buscábamos a la esposa de un tal Vicente Saida.
Desistimos. Caminábamos de regreso abatidos, Carolina cojeando por el dolor que había aumentado por la caminata y yo rumiando sobre mi indisciplina e incapacidad de trabajo, cuando distinguimos una casa con las puertas abiertas de par en par. En el living, señoras de edad parecían esperar turno. Esa era la casa de Saida.
Nos sentamos entre las señoras. Una nos sonrió, la otra nos miró de reojo. Se abrió la puerta de una habitación, salió una mujer cojeando y quejándose y desde adentro una voz dijo “la que sigue”. Entró la mujer sonriente. La otra se nos quedó mirando.
- Son extraños sus zapatos- me dijo.
Me los miré.
- Si- reconocí- pero me gustan.
La mujer hizo un gesto de desagrado y se acomodó en el sillón. Nos preguntó de dónde éramos.
- Éramos de Santiago, pero ya no.
- ¿Estudiantes?
- Yo estudio composición- le dije.
- ¿Arregla huesos?
- Estoy aprendiendo.
Al rato le tocó su turno. Con Carolina nos quedamos solos. Miramos la sala, el cuadro de colores chillones frente a nosotros y el florero con flores de plástico. Nos miramos buscando alguna respuesta. Apreté su mano y ella arqueó las cejas.
En ese momento apareció doña Saida, despidiendo a la mujer. “No olvide las infusiones”, se despidió.
Doña Saida era una mujer de aspecto germánico. Usaba delantal y llevaba el cabello tomado.
- ¿La puedo acompañar?- le pregunté.
- ¿Es su esposa?
- No, todavía no.
- Entonces no.
Condujo a Carolina tomada del brazo. Alcancé a ver un cuarto a media luz, con las paredes tapizadas con imágenes religiosas. Sentí (o creí sentir) olor a mirra, a incienso y a especies. Luego la puerta se cerró.

domingo, 18 de mayo de 2008

exégesis

Después de ejercer durante un año de párroco, el doctor Vargas, teólogo y psiquiatra, fue procesado por exégesis ilícita. Nada lo hacía prever, así como nada jugaba a su favor: con los jueces (con cada uno en particular) había tenido graves enfrentamientos en su época de estudiante, de la que ya se informará en otra ocasión. Además pesaban sobre él las acusaciones de borracheras frecuentes, numerosos disturbios teóricos y el haber sido sorprendido manteniendo relaciones sexuales “sin siquiera tener la delicadeza de quitarse la sotana”. A nadie sorprendió la condena, tampoco a él: quince años y un día de reclusión en la torre que la orden poseía en el instituto psiquiátrico Aschenbach, en la novena región.
Fueron años de una monotonía casi mística. La torre, construida a base de macizas y mohosas piedras, era tan fría durante la noche como en el día, en el invierno como en el verano. A pesar de que el instituto tenía sus cimientos en medio de un bosque de araucarias y la cordillera no estaba lejos, nada de esto veía el teólogo: su celda estaba diseñada de tal forma que al asomarse el doctor por la ventana, lo único a su vista fuera otra torre, exactamente igual a la suya, pero que en lugar de la ventana poseía un espejo. Así, al asomarse el doctor, lo único visible era la imagen de sí mismo, con el cabello cada vez más largo, los ojos más silenciosos y el rostro cada vez más marchito.
Su compañía se reducía al criado encargado de entregarle la comida y retirarle los excrementos, una vez a la semana. Era un hombre encorvado, de nariz rojiza y mirada inexpresiva. Una vida entera entregada al cuidado de los enfermos y los oscuros pasillos le habían privado el habla. Cuando, en los primeros meses, el doctor Vargas le hacía alguna pregunta, más para escuchar una voz que por saber la respuesta, sólo recibió gruñidos y gesticulaciones al borde de lo humano.
El doctor temía al ostracismo. Recordaba a su padre, que los últimos años de su vida había sufrido una parálisis y, a pesar de conservar el raciocinio, estuvo condenado al silencio. Y sus ojos, desde entonces, no reflejaron sino este dolor.
El doctor decidió preservar el habla escribiendo, y al no tener papel, lo hizo sobre las paredes, usando una pequeña piedra para esculpir sobre ellas. Lo hizo durante años, dándose por satisfecho por esculpir una palabra de lo que él consideraba su diario cada tantas semanas, hasta que descubrió que la labor de todo ese tiempo difícilmente podía ser leída; más bien, asemejaba un grabado indígena. Desde ese día se contempló en el espejo de la torre del frente, hasta el punto que le pareció que la imagen que veía no era su reflejo, sino el mundo, cada vez más estático y pequeño.

martes, 13 de mayo de 2008

Casino Eclesiástico

INFORME: CASINO ECLESIÁSTICO

Después de tiempo indefinido, en la forma de dos enanos tomados de la mano en la playa, llegué al casino, construcción estilo bauhaus y propiedad de los fantasmas eclesiásticos que contaba con tres pisos de tragamonedas.
El primero estaba destinado a los hombres de iglesia. Sobre los campaneos y las risas metálicas se escuchaba apenas la música de Bach. En el gran letrero luminoso se sucedían persiguiéndose los siguientes versos:

Recuerdo la muerte nítida como ayer y recuerdo la vida informe como mañana

Curioso y sediento, me dirigí a la barra para sentarme junto a un cura sin crucifijo que murmuraba para sí mismo sobre una piscola a medio tomar. Sonreí, mitad contento, mitad irónico, al notar su religiosidad y cuando trajeron mi cerveza alcé el vaso hacia él, en cuyo rostro nació una triste sonrisa.
- Todos los curas sonríen así- dije.
- Deformación profesional- y volvió a sonreír.
No encontré qué decir y permanecí observándolo, sin que se percatara: rostro regordete y lampiño, ojos entre verde oscuro y celeste claro y pelo largo y descuidado. Giró lentamente la cabeza hacia mí y, después de enfocar la vista, me dijo:
- Hoy, perdí hasta a Dios.
Había escuchado que los religiosos eran aficionados a ese tipo de juegos porque en el movimiento constante y uniforme del brazo izquierdo y en la observación meticulosa de las figuras cambiantes, encontraban un inquieto apaciguamiento místico en el que Dios se comunicaba con ellos, si bien confusamente. Le pregunté acerca de la paradoja de haber perdido a Dios al buscarlo.
- Misteriosas son sus sendas- dijo con una nueva sonrisa, quizá maliciosa ahora y, comprendiendo que no podría sacar más en limpio, me dirigí al segundo nivel, donde se esparcían los hijos de los hombres de religión.
Las máquinas estaban prácticamente abandonadas y, entre nubes de humo, se discutía de existencialismo, nihilismo y fútbol. Aburrido, me disponía a subir las escaleras crujientes hacia el último piso, cuando un muchacho que se tambaleaba y vestía de sacristán me dijo con voz clara:
- El ateísmo es liberación, pero la religión es libertad.
Asintió a sí mismo y se alejó gesticulando.
El último piso no tenía más de quince metros de largo y tres de ancho y estaba destinado a las mujeres cuyos vientres habían engendrado de los religiosos hijos suicidas. Sobre cada máquina había un televisor y los sonidos de estos se confundían con los boleros. Entre las mujeres descubrí a la madre y a la abuela de José Rodríguez, que bebiendo café conversaban con amplias sonrisas y ojos que brillaban de pena.
- Todo está perdido- decía una – Todo está perdido, amor- cantaba la otra y en el rito parecían reanimarse. Cuanto noté que habían encontrado suficiente sosiego me acerqué a ellas y prendimos al mismo tiempo un cigarrillo. Me invadió una enorme ternura al ver sus rostros de otros tiempos.
Recordando que habían conocido a mi padre, comprendieron que yo era el niño esmerado en atrapar palomas mediante complejos mecanismos.
- ¿Tuviste suerte alguna vez?- me preguntaron.
- Viví diez años de eso, vendiéndolas a un pintor al que se le había muerto la mujer.
- ¡Qué triste, muy triste!- dijeron al unísono.
- Sí, pero hizo buenos cuadros. Muy buenos, aunque algo repetitivos.
- ¿Dónde estudiaste?
- Me especialicé en varias partes, por ahí, por allá... mi padre siempre pensó que la psiquiatría era lo mío.
- ¡Oh, oh, oh!- exclamó la mayor y su cuerpo se contorsionó en risas que hicieron llorar a la otra mujer.
- Ya púh, que me preocupa.
La otra continuó el juego ahogando apenas las risas.
- Anda a almorzar a la casa el día que quieras, las puertas están abiertas- dijo la madre de José Rodríguez cuando se despidió.
La recordé mientras caminaba junto al mar, furioso pero calmo, y pensando en su hijo sentí tristeza y solté tres lágrimas al descubrir una deteriorada foto en mis manos. Aparecía ella, mucho tiempo atrás, sosteniendo en sus brazos a José Rodríguez, desnudo y bebé. A pesar de que los ojos habían sido arrancados de la imagen, se traslucía una felicidad que no alcancé a comprender. La fotografía ardió hasta las cenizas y el viento arremetió como mensajero.

martes, 29 de abril de 2008

Monólogo de Soares, contemplando que se esfuma su vida

Cómo los días se arrastran. Uno tras otro, los días se arrastran. Los atardeceres se arrastran. Después la noche. ¿Cómo? Una despedida es la última. Siempre. ¿Me he despedido? Siempre.
Cómo la gente corre. Uno tras otro, y corre tras sí misma. Se corre tras uno, un atardecer de otoño en una micro sin rumbo. Viendo a la gente correr tras sí misma, sé que he corrido tras mi vida y no he tenido destino. ¿Cuántas veces no me sedujo la nada? ¿Y cuántas veces no corrí las calles como quien baila un vals, gritando un amor grande por nada?
Llegará Moisés. A los trece trae ejercicios pautados con corales angelicales de estribillo y desenlaces desacompasados. Lo echaré luego.
Se cierran los negocios, se animan los bares. Después amanece.
Qué vasto el cielo, aunque nublado. Volveré a una casa en penumbras, a escuchar un televisor que no entenderé y por la pared que conecta mi casa con otra casa, desconocida, escucharé a las personas que no escucharé. En algún punto, Rodríguez también volverá a casa, Vargas también volverá a casa, y ni uno recordará. Que los demás están vivos, que tras cada pared brilla el sol, aunque la noche.
¿Sabe José quién es? ¿José es José? A veces, viendo sus ojos he visto desiertos y, en ocasiones, al desierto lo poblaban estrellas. Pero, ¿he visto a José? ¿Existe José?
Un hombre de terno puede ir de la oficina a la casa durante cincuenta años y después ver televisión. ¿Ha existido? No. ¿Ha sido feliz? Sí. Yo, ¿he existido?
He hecho música. Incluso me he vanagloriado de ello. ¿Qué es la música? Agitar el aire. ¿Qué se hace, sino agitar el aire? El aire es un gran sol. Y también he llorado. Cuando murió mi padre y cuando murió mi perro, lloré un día de madrugada. Y cuando he llorado, lo he sentido: una fogata en medio de la nada, fogata cuya leña es el sufrimiento. ¿Hay arte sin sufrimiento? ¿Hay vida sin arte? ¿Hay vida?
Sé, sin embargo, que mi vida ha estado al margen de la vida. Hay quienes nacen para ser felices y hay quienes nacen para sufrir. Los primeros no ven y los segundos son luces. Pero esa luz sólo conduce a su propio infierno.
Llegará Fernanda, la haitiana, la amiga de Moisés, la correosa y negra Fernanda a percutir su bongó hasta que mis nervios arrojen el instrumento al rincón y a ella a la puerta.
Sonidos dudosos, aplicación extraña de las matemáticas. ¿De dónde? De otro mundo, mundo al margen de este mundo. Otro mundo. Bilz y Pap. ¿Mundo de qué? De soledad y belleza, resplandor. Y sí, he sido feliz y he sido ciego, ciego de tanta luz, dentro y fuera de mí, y me he fundido con la luz. Entonces he visto a la humanidad, esa misma humanidad que se revolcaba entre la mierda y la mierda, y esa humanidad sufría, sin tener motivo para sufrir, y por eso era humanidad, y por eso quise abrazar a la humanidad. El día siguiente deshacía la ilusión. Masas de carne que se mueven por haber nacido para el movimiento. Y permanecí estático y conocí el cielo y el infierno. Angustitud.
Llegará Vargas. Con los ojos saltones como volando y las manos aleteantes. Manos temblorosas, viene a mí porque tiene manos temblorosas. Toca acordes temblorosos porque yo toco con manos temblorosas.
Subí al cielo a cazar ángeles. Los traje y los regalé. Después me escupieron la cara. Un ángel; animalito que se enjaula en un jardín. Un adorno, y luego el tedio.
Si cierro los ojos en la noche, veo mañanas luminosas. Si abro los ojos en la mañana, veo noche. Y veo temor donde vi alegría y veo alegría donde vi tristeza.
He despertado muchas veces y he muerto otras tantas. Y como el impío agonizante termina por confesarse, me he confesado. Balbuceando. He despertado bailando con las mascotas y en la bruma. ¿Y estos recuerdos, qué son? Se me acelera el corazón, se me agita la respiración, voy a comer chocolate. ¿Luego? Olvido quien soy y quien he sido. Prefiero olvidar.
Un poco de compañía en el silencio. Y en el frío. Hay caminos largos y es bueno conversar. En el frío. Poder conversar. Conversar con Vargas, con Moisés o con Fernanda. Pero parece imposible. Cuando dos personas caminan el mismo camino, nunca caminan el mismo camino, y nunca caminan el mismo camino porque nunca son la misma persona, y si son distintas personas tienen distintas intenciones y no caminan el mismo camino.
En los asientos de al lado, dos escolares tomadas de la mano. Dedos finitos enlazados como culebras. La una rubia y la otra morena. La morena con pechos pequeños y la rubia con muslos generosos que no oculta. En la cama, ella sería la que se entrega. La morena disfrutaría masturbándola al borde del masoquismo, con sonrisa brillante. La mamá de la morena y la mamá de la rubia sonreirían al ver a sus hijas tan amigas, y las incitarían a alojar en la misma pieza. ¿Morbosamente? No tendrían más de doce años. ¿Qué será en cincuenta? ¿Se les amargará la cara? ¿Se les caerá el cuerpo hasta el suelo? ¿Serán abuelitas cariñosas, de esas que uno abraza las noches de invierno? ¿Las querrá alguien? ¿Y qué son sino dos escolares tomadas de la mano, en una micro otoñal? Ni eso son, ni nada más. Me miran las dos con desprecio, recorro sus cuerpos en cada detalle, aspirando vigoroso cuando imagino sus pechos, sus piernas, sus pubis, antes de resoplar con disgusto y levantarme con paso tambaleante para detener la micro. He llegado a casa. La casa me espera. Angustitud.

jueves, 17 de abril de 2008

otro poema de aschenbach

Si consideramos que este mundo es un accidente de Dios…
Si consideramos que este mundo ha crecido en el desamparo y las sombras…
Si consideramos que este mundo ha aprendido a valérselas por sí mismo y así descubrió
el valor y la fascinación por la muerte
y la naturaleza , ciega de orgullo, creó las epidemias y los asesinatos entre hermanos
para así
mantenerse en la eternidad

y vemos que nuestras creencias y nuestro espíritu son hijos de la carne
que se descompone
descubrimos (¡oh, libre descubrimos!) que nuestros pensamientos,
cada una de nuestras convicciones, que cada descubrimiento
es una falacia de la misma naturaleza para preservar la única verdad,
que es luminosa: Dios

A. Aschenbach, Tratado sobre las Cosas y las Gentes (1758)

viernes, 11 de abril de 2008

LAS VISITAS DE SAMIR NAZAL A SU ABUELA EN EL AÑO MIL NOVECIENTOS TREINTA Y SEIS

Las hojas brillaban más que el viento: brillaban en verde y el viento lo hacía en azul. Lo comprobaba al salir de casa después del almuerzo, los sábados: la brisa alteraba los colores.
Los sábados, la familia visitaba a la abuela postrada y ciega que jamás podría salir de su habitación. Las mujeres pasaban la tarde discutiendo sobre los dulces que debían preparar. Si no llegaban con ellos, la abuela no los recibiría, o lo haría con menos gusto. A las nueve de la mañana se presentaba puntual el criado del almacén, hundido bajo sus tres sacos de azúcar y harina, y con ello comenzaba la agitación general. La madre corría jadeante los pasillos de un extremo a otro, dando instrucciones a gritos a las tías cuarentonas, que eran algo sordas. A las siete y media en punto los dulces tenían que estar horneados, y los hombres que discutían los acontecimientos sociales fumando pipa y los niños que recolectaban cucarachas en el jardín, llamaban a las mujeres a apresurarse. Quizá era eso lo que alteraba los colores, pensaba vagamente Samir Nazal en el año mil novecientos treinta y seis.
La procesión a la casa de la abuela estaba regulada por años de ritual: primero la madre, sosteniendo en sus brazos la comidas hechas a base de hojas de parra; luego, una junto a o la otra, las cuatro tías. Cada una llevaba grandes montones de delicias turcas que amenazaban socarronamente con caer y las obligaban a hacer de equilibristas. Mientras, adoctrinaban a las niñas que caminaban detrás:
- Tú, Mashka, especialmente tú Mashka, que tienes muslos grandes como de paridora, debes juntar las piernas al sentarte, para no incitar a malos pensamientos. Todas deben cuidar de incitar malos pensamientos, pero sobretodo tú, Mashka, que tienes muslos grandes como paridora.
- Tú, Samuela, tienes pechos muy grandes. Tú te tienes que jorobar al sentarte; jorobarte así para ocultar tus pechos grandes- decían las cuatro tías al unísono mientras se jorobaban, preocupadas de no dejar caer los panecitos.
Detrás, el padre leía el periódico con gran seriedad. De vez en cuando tropezaba con una piedra. Los niños varones caminaban junto a él. Algunos lo examinaban en su lectura y otros observaban los colores. Iban a casa de su abuela y procuraban almacenar los colores dentro de sí. Esto hacía Samir Nazal, en el año mil novecientos treinta y seis.
Apenas llegaban a la casa en Matucana, cuatro sirvientas salían a su encuentro. Cada una sostenía un candelabro que intercambiaba con una de las tías por el respectivo montón de dulces. Entonces las sirvientas subían las escaleras a oscuras y no tenían problema, porque conocían el camino. Pero las tías necesitaban los candelabros y con ellos alumbraban detenidamente cada escalón. Gritaban “¡ja!” cuando el resto de la procesión podía dar un paso adelante. Demoraban diez minutos en subir las escaleras, y esto se hacía con gran solemnidad.
La gran casa de la abuela no tenía separaciones de ambientes. La abuela era ciega, pero le gustaba saber lo que pasaba a su alrededor. Las sirvientas tenían sus camas en cada una de las cuatro esquinas. Bajo la ventana, una cocina a madera humeaba constantemente. Las únicas luces eran los candelabros desplegados alrededor de la abuela, que, con sus cabellos casi tan blancos como su piel y sus ojos celestes agua que reflejaban las pequeñas llamitas flameantes, fumaba de su narguile como rodeada por ángeles.
- ¿Cuántos?- preguntaba a las sirvientas y estas contaban a los visitantes, señalándolos uno a uno con el dedo índice.
- Veinte y dos- respondían las sirvientas. La abuela asentía.
- ¿Trajeron la comida?
- Sesenta y seis pastelitos y un gran plato de comida hecho a base de hojas de parra- respondían las sirvientas.
La abuela asentía e indicaba con el dedo que los dulces debían ser servidos en bandejas de plata. Los visitantes formaban un círculo alrededor de la anciana, que por algunos minutos se dedicaba a chupar de su pipa haciendo solemnes gestos de asentimiento.
Samir esperaba inquieto, en el año mil novecientos treinta y seis. Los asistentes se acercaban uno a uno a la abuela para que esta reconociera sus facciones con sus manos filudas y Samir miraba el cielo oscureciendo tras la ventana, haciéndose más y más azul. El cielo estaba casi negro cuando escuchaba la voz de la anciana, que tenía la vibración propia de otros mundos: “¿Cómo está la Salud, Samuela? ¿El espíritu, tranquilo?” una y otra vez, como un mismo instante repetido insistentemente. “Si, abuela”, decía una voz tras la otra. “Todo está muy bien”
Finalmente, su turno: los ojos vidriosos de la abuela parecían reconocerlo desde su rincón más oscuro que la noche y extendía hacía él su dedo índice, que hacía el movimiento de arrastrarlo hacia ella, como si a Samir, que no se había dado cuenta, le hubieran amarrado un imperceptible hilillo alrededor de la cintura. Samir obedecía sin que su conciencia interviniera y sólo se detenía cuando sentía la fría mano sobre su frente y miraba hacia delante, para reconocer dos puntos que refulgían y miraban a través de él.
Las manos inspeccionaban metódicamente las facciones, comenzando por la nariz y extendiéndose hasta los pómulos. “¡Samura!”, exclamaba la mujer y estrechaba al niño a los huesos que eran su cuerpo. “Si, abuela, todo está bien”, decía Samir dos veces, y luego la familia entera hacía una reverencia, antes de abandonar la habitación en una procesión silenciosa. Escalera abajo escuchaban las toses que retumbaban en las paredes, y los pasos aterciopelados de las sirvientas que se movían para buscar quien sabe qué.
Afuera, la noche los esperaba fresca y oscura y cuando caminaban en silencio no se encontraban con nadie, pues todo el mundo dormía. Las noches de los sábados Samir soñaba con una higuera en el desierto, en mil novecientos treinta y seis.

viernes, 4 de abril de 2008

Poema de Aschenbach

Hay quienes que, para cada problema,
encuentran una solución.
Estos son los necios,
pues, para encontrar la verdad,
sólo se guían por sus apetitos corporales
y por eso la encuentran

Hay otros que rara vez
vislumbran respuesta alguna.
Estos son los locos,
pues, para comprender al hombre,
sólo se guían por su metafísica

Hay, también,
aquellos cuyos pensamientos
son siempre correctos
y siempre falsos.
Aquellos son los que escriben
y son tan necios como locos

August Aschebach,
“Tratado sobre las Cosas y las Gentes", 1758

SOBRE EL CULTIVO DE FANTASMAS EN INTERIORES

Al llegar al tercer séptimo del camino de la vida, me dediqué al cultivo de fantasmas. Esto lo hacía así:

1.- Colocaba en mi pieza pocillos con agua con los que tropezaba cuando caminaba sonámbulo. De este modo, llegué a dormir sólo dos horas al día.
2.- En mis momentos de ocio, daba largas excursiones por las calles más concurridas de la ciudad: a la vez que me instruía sobre comportamientos sociales, conocía en alma propia los sentimientos de los fantasmas.
3.- Me hice sabio en mantener la mente en blanco. A los quince años, mi cabello era por entero cano y mi madre me obligó a teñirlo. Por el colegio, dijo.
4.- Me dediqué al estudio de las emociones de los animales. Llené mi casa de mascotas: gatos, perros y aves de todo tipo. Las emociones humanas se me apareceron como presuntuosas e insignificantes.

En poco tiempo, mi mundo estuvo poblado de fantasmas que me hacían compañía. Los días se me mostraron con un nuevo brillo y ya nunca los sonidos fueron los mismos.
Pero de esto ya son muchos los años y, cuando lo recuerdo, lo recuerdo como un libro monótono y leído en duermevela. Aún así, hoy me encuentro con fantasmas. A veces abro un cajón y allí hay uno sonriendo con malicia, como diciendo “Más sabe el diablo…”. O bien, me asomo por la ventana en la mañana y me encuentro con tres fantasmas acechándome con su habitual frialdad. Pero no siento miedo: lavo mi cara con agua fría y aspiro bien el aire. Cuando camino por la calle, trato de tropezar con todo el que se me cruce.

martes, 25 de marzo de 2008

Vargas y la Reina

“La tierra era algo caótico y vacío, y tinieblas cubrían la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”

Génesis: 1


Eduardo Vargas, teólogo y psiquiatra, llevaba pocas semanas atendiendo en su primera consulta, ubicada en Portugal con diagonal Paraguay. Aún no se titulaba en psiquiatría y Frida Gutiérrez era su primera paciente.
El doctor Vargas estuvo mucho tiempo tentado a usar su historia de amor con la cantante como prólogo para su esperada obra (“Mitología Cristiana: Transición del Verbo al Concepto”). Súbitos accesos de pudor y de respeto se lo impidieron.
Después de dos meses de tratamiento, estaba tentado a dar un diagnostico de borderline. La paciente aseguraba haber sido violada por su padre, así como haber sido obligada a presenciar el acto masturbatorio de tres de sus tíos sanguíneos. Acudió a la consulta por la depresión provocada por una ruptura amorosa. Mostró sus poesías al doctor y este determinó que se trataba de delirios que la paciente versificaba para protegerse de la locura absoluta.
El día que nació el amor entre ambos el doctor Vargas se encontraba deshecho. Hace un mes había consumado su primer divorcio y desde entonces había estado bebiendo más de la cuenta. Ese día, atendió por primera vez borracho.
- ¿Sabe, doctor?- interrumpió Frida, a la que el doctor había estado hablando largamente, sin poder ahora recordar lo que había dicho- Yo no me puedo tratar con usted. Y no porque usted esté como está, sino porque yo estoy enamorada de usted.
- ¿Ah, sí?- dijo el doctor Vargas y colocó cuidadosamente su pluma de escribir junto a los papeles en los que garabateaba.
Una semana más tarde, Frida Gutiérrez instalaba sus pertenencias en el departamento de Merced del especialista y comenzaban así los días más felices de la pareja.
Sucede que el psiquiatra había sido desde pequeño dado a la improvisación en el piano, siendo su gran pasión el jazz de mediados de siglo. El deseo de su padre de verlo convertido en médico, al igual que él, lo había alejado de su afición. Ahora, con Frida a su lado, que ya se perfilaba como la gran cantante que sería y a la que algunos ya conocían como La Reina, Eduardo Vargas tuvo el valor para cortar con la psiquiatría y dedicarse por completo a la música. Tomó clases con su amigo de infancia Ernesto Soares y a los meses tenía un espectáculo que presentar junto a Frida.
El informante recuerda bien esos días, en los que frecuentó a la pareja. Tocaban jueves, viernes y sábados en locales de Bellavista y Suecia y comenzaban a adquirir renombre. Entre el creciente público, recuerda el informante, se contaba a Soares, José Rodríguez, Claudio Naranjo y Samir Nazal, que participaron no pocas veces en las rencillas de madrugada. Aparecieron en las páginas de espectáculos de La Tercera e incluso se habló de firmar con un sello discográfico, pero las cosas distaban de andar bien entre la pareja.
El doctor y ahora pianista había desarrollado una fuerte adicción hacia los medicamentos estimulantes y la cantante era por naturaleza inclinada al alcohol. Las discusiones podían ser motivadas por el más mínimo incidente y llegaban con frecuencia a la violencia física. Eduardo Vargas, para demostrar su deseo de ver marcharse a Frida, había tirado cada mueble de ella por la ventana (y eran estos los únicos en el departamento) y Frida, para demostrar que no se iría, había quemado cada libro, rajado cada cuadro y cortado cada cinta de música. De esta manera, el departamento era un verdadero campo de batalla en el que los únicos muebles eran astillas y las únicas palabras insultos. Sin embargo, por tensa que estuviera la situación, sobre el escenario las ofensas eran olvidadas y, más aún, cada uno sentía por el otro un amor más grande de lo que se creían capaces. Hacían entonces planes en los que se veían recorriendo Europa, planes que eran olvidados en la siguiente pelea.
A los tres meses contrajeron matrimonio. Fue un acontecimiento inesperado para ambos. No habían considerado la posibilidad hasta una semana antes, cuando tuvieron una pelea excepcionalmente violenta:
- Vos erí maricón- le dijo Frida, que, montada sobre el doctor derrumbado en el piso, apretaba su cuello con la rodilla izquierda.- Por eso querí que me vaya, a vos te gusta por el orto.
. ¿Ah, sí?- dijo el doctor Vargas, al que comenzaba a faltar el aire.
- Sí, púh.
El doctor había conseguido zafarse y ahora hacía una llave a Frida.
- Casémonos entonces.
- ¡Ay!- dijo Frida.
- ¿Nos casamos?
- ¡Ay!
Frida consiguió los testigos: una amiga alcoholizada que a los meses se suicidaría y una pareja de homosexuales que daban besos al doctor mientras adoptaban posturas obscenas.
El matrimonio duró exactamente tres semanas. Después de la anulación, el doctor Vargas comenzó su investigación en el tratamiento de la esquizofrenia mediante ácido lisérgico junto a su colega Claudio Naranjo, y Frida se consagró como cantante en una improvisada gira por España, como telonera de un grupo punk melódico.
Ella alcanzaría la gloria; él, la cárcel.

EL REVOLVER DE CHITO

Chito quería matar a Jodorowsky. Yo lo alentaba. En parte, por odio. En parte, por diversión. Hasta que Chito se consiguió el arma. Iba a haber problemas.

Era un revólver blanco. Se lo compró a un viejo alemán, en Valparaíso. El cañón relucía bajo el naranjo, en el patio de Chito.

El veinte de Abril, Jodorowsky daría una charla. Chito se mantuvo en vigilia durante varios días. Fue el primero en llegar al recinto (a las seis de la mañana) y ocupó el mejor asiento. Escuchó la conferencia con un malestar creciente.

Sin embargo, cuando se acercó, con la mano sudando alrededor del arma, Jodorowsky lo confundió con un admirador y lo recibió con un gran abrazo. Conmovido, Chito se echó a llorar y lo llamó "maestro".

Ahora, Chito se lamenta por su debilidad. Lee los libros de Jodorowsky con desagrado, murmurando "La próxima vez sí que lo mato. ¡Lo mato!".