Después de ejercer durante un año de párroco, el doctor Vargas, teólogo y psiquiatra, fue procesado por exégesis ilícita. Nada lo hacía prever, así como nada jugaba a su favor: con los jueces (con cada uno en particular) había tenido graves enfrentamientos en su época de estudiante, de la que ya se informará en otra ocasión. Además pesaban sobre él las acusaciones de borracheras frecuentes, numerosos disturbios teóricos y el haber sido sorprendido manteniendo relaciones sexuales “sin siquiera tener la delicadeza de quitarse la sotana”. A nadie sorprendió la condena, tampoco a él: quince años y un día de reclusión en la torre que la orden poseía en el instituto psiquiátrico Aschenbach, en la novena región.
Fueron años de una monotonía casi mística. La torre, construida a base de macizas y mohosas piedras, era tan fría durante la noche como en el día, en el invierno como en el verano. A pesar de que el instituto tenía sus cimientos en medio de un bosque de araucarias y la cordillera no estaba lejos, nada de esto veía el teólogo: su celda estaba diseñada de tal forma que al asomarse el doctor por la ventana, lo único a su vista fuera otra torre, exactamente igual a la suya, pero que en lugar de la ventana poseía un espejo. Así, al asomarse el doctor, lo único visible era la imagen de sí mismo, con el cabello cada vez más largo, los ojos más silenciosos y el rostro cada vez más marchito.
Su compañía se reducía al criado encargado de entregarle la comida y retirarle los excrementos, una vez a la semana. Era un hombre encorvado, de nariz rojiza y mirada inexpresiva. Una vida entera entregada al cuidado de los enfermos y los oscuros pasillos le habían privado el habla. Cuando, en los primeros meses, el doctor Vargas le hacía alguna pregunta, más para escuchar una voz que por saber la respuesta, sólo recibió gruñidos y gesticulaciones al borde de lo humano.
El doctor temía al ostracismo. Recordaba a su padre, que los últimos años de su vida había sufrido una parálisis y, a pesar de conservar el raciocinio, estuvo condenado al silencio. Y sus ojos, desde entonces, no reflejaron sino este dolor.
El doctor decidió preservar el habla escribiendo, y al no tener papel, lo hizo sobre las paredes, usando una pequeña piedra para esculpir sobre ellas. Lo hizo durante años, dándose por satisfecho por esculpir una palabra de lo que él consideraba su diario cada tantas semanas, hasta que descubrió que la labor de todo ese tiempo difícilmente podía ser leída; más bien, asemejaba un grabado indígena. Desde ese día se contempló en el espejo de la torre del frente, hasta el punto que le pareció que la imagen que veía no era su reflejo, sino el mundo, cada vez más estático y pequeño.
domingo, 18 de mayo de 2008
martes, 13 de mayo de 2008
Casino Eclesiástico
INFORME: CASINO ECLESIÁSTICO
Después de tiempo indefinido, en la forma de dos enanos tomados de la mano en la playa, llegué al casino, construcción estilo bauhaus y propiedad de los fantasmas eclesiásticos que contaba con tres pisos de tragamonedas.
El primero estaba destinado a los hombres de iglesia. Sobre los campaneos y las risas metálicas se escuchaba apenas la música de Bach. En el gran letrero luminoso se sucedían persiguiéndose los siguientes versos:
Recuerdo la muerte nítida como ayer y recuerdo la vida informe como mañana
Curioso y sediento, me dirigí a la barra para sentarme junto a un cura sin crucifijo que murmuraba para sí mismo sobre una piscola a medio tomar. Sonreí, mitad contento, mitad irónico, al notar su religiosidad y cuando trajeron mi cerveza alcé el vaso hacia él, en cuyo rostro nació una triste sonrisa.
- Todos los curas sonríen así- dije.
- Deformación profesional- y volvió a sonreír.
No encontré qué decir y permanecí observándolo, sin que se percatara: rostro regordete y lampiño, ojos entre verde oscuro y celeste claro y pelo largo y descuidado. Giró lentamente la cabeza hacia mí y, después de enfocar la vista, me dijo:
- Hoy, perdí hasta a Dios.
Había escuchado que los religiosos eran aficionados a ese tipo de juegos porque en el movimiento constante y uniforme del brazo izquierdo y en la observación meticulosa de las figuras cambiantes, encontraban un inquieto apaciguamiento místico en el que Dios se comunicaba con ellos, si bien confusamente. Le pregunté acerca de la paradoja de haber perdido a Dios al buscarlo.
- Misteriosas son sus sendas- dijo con una nueva sonrisa, quizá maliciosa ahora y, comprendiendo que no podría sacar más en limpio, me dirigí al segundo nivel, donde se esparcían los hijos de los hombres de religión.
Las máquinas estaban prácticamente abandonadas y, entre nubes de humo, se discutía de existencialismo, nihilismo y fútbol. Aburrido, me disponía a subir las escaleras crujientes hacia el último piso, cuando un muchacho que se tambaleaba y vestía de sacristán me dijo con voz clara:
- El ateísmo es liberación, pero la religión es libertad.
Asintió a sí mismo y se alejó gesticulando.
El último piso no tenía más de quince metros de largo y tres de ancho y estaba destinado a las mujeres cuyos vientres habían engendrado de los religiosos hijos suicidas. Sobre cada máquina había un televisor y los sonidos de estos se confundían con los boleros. Entre las mujeres descubrí a la madre y a la abuela de José Rodríguez, que bebiendo café conversaban con amplias sonrisas y ojos que brillaban de pena.
- Todo está perdido- decía una – Todo está perdido, amor- cantaba la otra y en el rito parecían reanimarse. Cuanto noté que habían encontrado suficiente sosiego me acerqué a ellas y prendimos al mismo tiempo un cigarrillo. Me invadió una enorme ternura al ver sus rostros de otros tiempos.
Recordando que habían conocido a mi padre, comprendieron que yo era el niño esmerado en atrapar palomas mediante complejos mecanismos.
- ¿Tuviste suerte alguna vez?- me preguntaron.
- Viví diez años de eso, vendiéndolas a un pintor al que se le había muerto la mujer.
- ¡Qué triste, muy triste!- dijeron al unísono.
- Sí, pero hizo buenos cuadros. Muy buenos, aunque algo repetitivos.
- ¿Dónde estudiaste?
- Me especialicé en varias partes, por ahí, por allá... mi padre siempre pensó que la psiquiatría era lo mío.
- ¡Oh, oh, oh!- exclamó la mayor y su cuerpo se contorsionó en risas que hicieron llorar a la otra mujer.
- Ya púh, que me preocupa.
La otra continuó el juego ahogando apenas las risas.
- Anda a almorzar a la casa el día que quieras, las puertas están abiertas- dijo la madre de José Rodríguez cuando se despidió.
La recordé mientras caminaba junto al mar, furioso pero calmo, y pensando en su hijo sentí tristeza y solté tres lágrimas al descubrir una deteriorada foto en mis manos. Aparecía ella, mucho tiempo atrás, sosteniendo en sus brazos a José Rodríguez, desnudo y bebé. A pesar de que los ojos habían sido arrancados de la imagen, se traslucía una felicidad que no alcancé a comprender. La fotografía ardió hasta las cenizas y el viento arremetió como mensajero.
Después de tiempo indefinido, en la forma de dos enanos tomados de la mano en la playa, llegué al casino, construcción estilo bauhaus y propiedad de los fantasmas eclesiásticos que contaba con tres pisos de tragamonedas.
El primero estaba destinado a los hombres de iglesia. Sobre los campaneos y las risas metálicas se escuchaba apenas la música de Bach. En el gran letrero luminoso se sucedían persiguiéndose los siguientes versos:
Recuerdo la muerte nítida como ayer y recuerdo la vida informe como mañana
Curioso y sediento, me dirigí a la barra para sentarme junto a un cura sin crucifijo que murmuraba para sí mismo sobre una piscola a medio tomar. Sonreí, mitad contento, mitad irónico, al notar su religiosidad y cuando trajeron mi cerveza alcé el vaso hacia él, en cuyo rostro nació una triste sonrisa.
- Todos los curas sonríen así- dije.
- Deformación profesional- y volvió a sonreír.
No encontré qué decir y permanecí observándolo, sin que se percatara: rostro regordete y lampiño, ojos entre verde oscuro y celeste claro y pelo largo y descuidado. Giró lentamente la cabeza hacia mí y, después de enfocar la vista, me dijo:
- Hoy, perdí hasta a Dios.
Había escuchado que los religiosos eran aficionados a ese tipo de juegos porque en el movimiento constante y uniforme del brazo izquierdo y en la observación meticulosa de las figuras cambiantes, encontraban un inquieto apaciguamiento místico en el que Dios se comunicaba con ellos, si bien confusamente. Le pregunté acerca de la paradoja de haber perdido a Dios al buscarlo.
- Misteriosas son sus sendas- dijo con una nueva sonrisa, quizá maliciosa ahora y, comprendiendo que no podría sacar más en limpio, me dirigí al segundo nivel, donde se esparcían los hijos de los hombres de religión.
Las máquinas estaban prácticamente abandonadas y, entre nubes de humo, se discutía de existencialismo, nihilismo y fútbol. Aburrido, me disponía a subir las escaleras crujientes hacia el último piso, cuando un muchacho que se tambaleaba y vestía de sacristán me dijo con voz clara:
- El ateísmo es liberación, pero la religión es libertad.
Asintió a sí mismo y se alejó gesticulando.
El último piso no tenía más de quince metros de largo y tres de ancho y estaba destinado a las mujeres cuyos vientres habían engendrado de los religiosos hijos suicidas. Sobre cada máquina había un televisor y los sonidos de estos se confundían con los boleros. Entre las mujeres descubrí a la madre y a la abuela de José Rodríguez, que bebiendo café conversaban con amplias sonrisas y ojos que brillaban de pena.
- Todo está perdido- decía una – Todo está perdido, amor- cantaba la otra y en el rito parecían reanimarse. Cuanto noté que habían encontrado suficiente sosiego me acerqué a ellas y prendimos al mismo tiempo un cigarrillo. Me invadió una enorme ternura al ver sus rostros de otros tiempos.
Recordando que habían conocido a mi padre, comprendieron que yo era el niño esmerado en atrapar palomas mediante complejos mecanismos.
- ¿Tuviste suerte alguna vez?- me preguntaron.
- Viví diez años de eso, vendiéndolas a un pintor al que se le había muerto la mujer.
- ¡Qué triste, muy triste!- dijeron al unísono.
- Sí, pero hizo buenos cuadros. Muy buenos, aunque algo repetitivos.
- ¿Dónde estudiaste?
- Me especialicé en varias partes, por ahí, por allá... mi padre siempre pensó que la psiquiatría era lo mío.
- ¡Oh, oh, oh!- exclamó la mayor y su cuerpo se contorsionó en risas que hicieron llorar a la otra mujer.
- Ya púh, que me preocupa.
La otra continuó el juego ahogando apenas las risas.
- Anda a almorzar a la casa el día que quieras, las puertas están abiertas- dijo la madre de José Rodríguez cuando se despidió.
La recordé mientras caminaba junto al mar, furioso pero calmo, y pensando en su hijo sentí tristeza y solté tres lágrimas al descubrir una deteriorada foto en mis manos. Aparecía ella, mucho tiempo atrás, sosteniendo en sus brazos a José Rodríguez, desnudo y bebé. A pesar de que los ojos habían sido arrancados de la imagen, se traslucía una felicidad que no alcancé a comprender. La fotografía ardió hasta las cenizas y el viento arremetió como mensajero.
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