Cómo los días se arrastran. Uno tras otro, los días se arrastran. Los atardeceres se arrastran. Después la noche. ¿Cómo? Una despedida es la última. Siempre. ¿Me he despedido? Siempre.
Cómo la gente corre. Uno tras otro, y corre tras sí misma. Se corre tras uno, un atardecer de otoño en una micro sin rumbo. Viendo a la gente correr tras sí misma, sé que he corrido tras mi vida y no he tenido destino. ¿Cuántas veces no me sedujo la nada? ¿Y cuántas veces no corrí las calles como quien baila un vals, gritando un amor grande por nada?
Llegará Moisés. A los trece trae ejercicios pautados con corales angelicales de estribillo y desenlaces desacompasados. Lo echaré luego.
Se cierran los negocios, se animan los bares. Después amanece.
Qué vasto el cielo, aunque nublado. Volveré a una casa en penumbras, a escuchar un televisor que no entenderé y por la pared que conecta mi casa con otra casa, desconocida, escucharé a las personas que no escucharé. En algún punto, Rodríguez también volverá a casa, Vargas también volverá a casa, y ni uno recordará. Que los demás están vivos, que tras cada pared brilla el sol, aunque la noche.
¿Sabe José quién es? ¿José es José? A veces, viendo sus ojos he visto desiertos y, en ocasiones, al desierto lo poblaban estrellas. Pero, ¿he visto a José? ¿Existe José?
Un hombre de terno puede ir de la oficina a la casa durante cincuenta años y después ver televisión. ¿Ha existido? No. ¿Ha sido feliz? Sí. Yo, ¿he existido?
He hecho música. Incluso me he vanagloriado de ello. ¿Qué es la música? Agitar el aire. ¿Qué se hace, sino agitar el aire? El aire es un gran sol. Y también he llorado. Cuando murió mi padre y cuando murió mi perro, lloré un día de madrugada. Y cuando he llorado, lo he sentido: una fogata en medio de la nada, fogata cuya leña es el sufrimiento. ¿Hay arte sin sufrimiento? ¿Hay vida sin arte? ¿Hay vida?
Sé, sin embargo, que mi vida ha estado al margen de la vida. Hay quienes nacen para ser felices y hay quienes nacen para sufrir. Los primeros no ven y los segundos son luces. Pero esa luz sólo conduce a su propio infierno.
Llegará Fernanda, la haitiana, la amiga de Moisés, la correosa y negra Fernanda a percutir su bongó hasta que mis nervios arrojen el instrumento al rincón y a ella a la puerta.
Sonidos dudosos, aplicación extraña de las matemáticas. ¿De dónde? De otro mundo, mundo al margen de este mundo. Otro mundo. Bilz y Pap. ¿Mundo de qué? De soledad y belleza, resplandor. Y sí, he sido feliz y he sido ciego, ciego de tanta luz, dentro y fuera de mí, y me he fundido con la luz. Entonces he visto a la humanidad, esa misma humanidad que se revolcaba entre la mierda y la mierda, y esa humanidad sufría, sin tener motivo para sufrir, y por eso era humanidad, y por eso quise abrazar a la humanidad. El día siguiente deshacía la ilusión. Masas de carne que se mueven por haber nacido para el movimiento. Y permanecí estático y conocí el cielo y el infierno. Angustitud.
Llegará Vargas. Con los ojos saltones como volando y las manos aleteantes. Manos temblorosas, viene a mí porque tiene manos temblorosas. Toca acordes temblorosos porque yo toco con manos temblorosas.
Subí al cielo a cazar ángeles. Los traje y los regalé. Después me escupieron la cara. Un ángel; animalito que se enjaula en un jardín. Un adorno, y luego el tedio.
Si cierro los ojos en la noche, veo mañanas luminosas. Si abro los ojos en la mañana, veo noche. Y veo temor donde vi alegría y veo alegría donde vi tristeza.
He despertado muchas veces y he muerto otras tantas. Y como el impío agonizante termina por confesarse, me he confesado. Balbuceando. He despertado bailando con las mascotas y en la bruma. ¿Y estos recuerdos, qué son? Se me acelera el corazón, se me agita la respiración, voy a comer chocolate. ¿Luego? Olvido quien soy y quien he sido. Prefiero olvidar.
Un poco de compañía en el silencio. Y en el frío. Hay caminos largos y es bueno conversar. En el frío. Poder conversar. Conversar con Vargas, con Moisés o con Fernanda. Pero parece imposible. Cuando dos personas caminan el mismo camino, nunca caminan el mismo camino, y nunca caminan el mismo camino porque nunca son la misma persona, y si son distintas personas tienen distintas intenciones y no caminan el mismo camino.
En los asientos de al lado, dos escolares tomadas de la mano. Dedos finitos enlazados como culebras. La una rubia y la otra morena. La morena con pechos pequeños y la rubia con muslos generosos que no oculta. En la cama, ella sería la que se entrega. La morena disfrutaría masturbándola al borde del masoquismo, con sonrisa brillante. La mamá de la morena y la mamá de la rubia sonreirían al ver a sus hijas tan amigas, y las incitarían a alojar en la misma pieza. ¿Morbosamente? No tendrían más de doce años. ¿Qué será en cincuenta? ¿Se les amargará la cara? ¿Se les caerá el cuerpo hasta el suelo? ¿Serán abuelitas cariñosas, de esas que uno abraza las noches de invierno? ¿Las querrá alguien? ¿Y qué son sino dos escolares tomadas de la mano, en una micro otoñal? Ni eso son, ni nada más. Me miran las dos con desprecio, recorro sus cuerpos en cada detalle, aspirando vigoroso cuando imagino sus pechos, sus piernas, sus pubis, antes de resoplar con disgusto y levantarme con paso tambaleante para detener la micro. He llegado a casa. La casa me espera. Angustitud.
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