martes, 29 de abril de 2008

Monólogo de Soares, contemplando que se esfuma su vida

Cómo los días se arrastran. Uno tras otro, los días se arrastran. Los atardeceres se arrastran. Después la noche. ¿Cómo? Una despedida es la última. Siempre. ¿Me he despedido? Siempre.
Cómo la gente corre. Uno tras otro, y corre tras sí misma. Se corre tras uno, un atardecer de otoño en una micro sin rumbo. Viendo a la gente correr tras sí misma, sé que he corrido tras mi vida y no he tenido destino. ¿Cuántas veces no me sedujo la nada? ¿Y cuántas veces no corrí las calles como quien baila un vals, gritando un amor grande por nada?
Llegará Moisés. A los trece trae ejercicios pautados con corales angelicales de estribillo y desenlaces desacompasados. Lo echaré luego.
Se cierran los negocios, se animan los bares. Después amanece.
Qué vasto el cielo, aunque nublado. Volveré a una casa en penumbras, a escuchar un televisor que no entenderé y por la pared que conecta mi casa con otra casa, desconocida, escucharé a las personas que no escucharé. En algún punto, Rodríguez también volverá a casa, Vargas también volverá a casa, y ni uno recordará. Que los demás están vivos, que tras cada pared brilla el sol, aunque la noche.
¿Sabe José quién es? ¿José es José? A veces, viendo sus ojos he visto desiertos y, en ocasiones, al desierto lo poblaban estrellas. Pero, ¿he visto a José? ¿Existe José?
Un hombre de terno puede ir de la oficina a la casa durante cincuenta años y después ver televisión. ¿Ha existido? No. ¿Ha sido feliz? Sí. Yo, ¿he existido?
He hecho música. Incluso me he vanagloriado de ello. ¿Qué es la música? Agitar el aire. ¿Qué se hace, sino agitar el aire? El aire es un gran sol. Y también he llorado. Cuando murió mi padre y cuando murió mi perro, lloré un día de madrugada. Y cuando he llorado, lo he sentido: una fogata en medio de la nada, fogata cuya leña es el sufrimiento. ¿Hay arte sin sufrimiento? ¿Hay vida sin arte? ¿Hay vida?
Sé, sin embargo, que mi vida ha estado al margen de la vida. Hay quienes nacen para ser felices y hay quienes nacen para sufrir. Los primeros no ven y los segundos son luces. Pero esa luz sólo conduce a su propio infierno.
Llegará Fernanda, la haitiana, la amiga de Moisés, la correosa y negra Fernanda a percutir su bongó hasta que mis nervios arrojen el instrumento al rincón y a ella a la puerta.
Sonidos dudosos, aplicación extraña de las matemáticas. ¿De dónde? De otro mundo, mundo al margen de este mundo. Otro mundo. Bilz y Pap. ¿Mundo de qué? De soledad y belleza, resplandor. Y sí, he sido feliz y he sido ciego, ciego de tanta luz, dentro y fuera de mí, y me he fundido con la luz. Entonces he visto a la humanidad, esa misma humanidad que se revolcaba entre la mierda y la mierda, y esa humanidad sufría, sin tener motivo para sufrir, y por eso era humanidad, y por eso quise abrazar a la humanidad. El día siguiente deshacía la ilusión. Masas de carne que se mueven por haber nacido para el movimiento. Y permanecí estático y conocí el cielo y el infierno. Angustitud.
Llegará Vargas. Con los ojos saltones como volando y las manos aleteantes. Manos temblorosas, viene a mí porque tiene manos temblorosas. Toca acordes temblorosos porque yo toco con manos temblorosas.
Subí al cielo a cazar ángeles. Los traje y los regalé. Después me escupieron la cara. Un ángel; animalito que se enjaula en un jardín. Un adorno, y luego el tedio.
Si cierro los ojos en la noche, veo mañanas luminosas. Si abro los ojos en la mañana, veo noche. Y veo temor donde vi alegría y veo alegría donde vi tristeza.
He despertado muchas veces y he muerto otras tantas. Y como el impío agonizante termina por confesarse, me he confesado. Balbuceando. He despertado bailando con las mascotas y en la bruma. ¿Y estos recuerdos, qué son? Se me acelera el corazón, se me agita la respiración, voy a comer chocolate. ¿Luego? Olvido quien soy y quien he sido. Prefiero olvidar.
Un poco de compañía en el silencio. Y en el frío. Hay caminos largos y es bueno conversar. En el frío. Poder conversar. Conversar con Vargas, con Moisés o con Fernanda. Pero parece imposible. Cuando dos personas caminan el mismo camino, nunca caminan el mismo camino, y nunca caminan el mismo camino porque nunca son la misma persona, y si son distintas personas tienen distintas intenciones y no caminan el mismo camino.
En los asientos de al lado, dos escolares tomadas de la mano. Dedos finitos enlazados como culebras. La una rubia y la otra morena. La morena con pechos pequeños y la rubia con muslos generosos que no oculta. En la cama, ella sería la que se entrega. La morena disfrutaría masturbándola al borde del masoquismo, con sonrisa brillante. La mamá de la morena y la mamá de la rubia sonreirían al ver a sus hijas tan amigas, y las incitarían a alojar en la misma pieza. ¿Morbosamente? No tendrían más de doce años. ¿Qué será en cincuenta? ¿Se les amargará la cara? ¿Se les caerá el cuerpo hasta el suelo? ¿Serán abuelitas cariñosas, de esas que uno abraza las noches de invierno? ¿Las querrá alguien? ¿Y qué son sino dos escolares tomadas de la mano, en una micro otoñal? Ni eso son, ni nada más. Me miran las dos con desprecio, recorro sus cuerpos en cada detalle, aspirando vigoroso cuando imagino sus pechos, sus piernas, sus pubis, antes de resoplar con disgusto y levantarme con paso tambaleante para detener la micro. He llegado a casa. La casa me espera. Angustitud.

jueves, 17 de abril de 2008

otro poema de aschenbach

Si consideramos que este mundo es un accidente de Dios…
Si consideramos que este mundo ha crecido en el desamparo y las sombras…
Si consideramos que este mundo ha aprendido a valérselas por sí mismo y así descubrió
el valor y la fascinación por la muerte
y la naturaleza , ciega de orgullo, creó las epidemias y los asesinatos entre hermanos
para así
mantenerse en la eternidad

y vemos que nuestras creencias y nuestro espíritu son hijos de la carne
que se descompone
descubrimos (¡oh, libre descubrimos!) que nuestros pensamientos,
cada una de nuestras convicciones, que cada descubrimiento
es una falacia de la misma naturaleza para preservar la única verdad,
que es luminosa: Dios

A. Aschenbach, Tratado sobre las Cosas y las Gentes (1758)

viernes, 11 de abril de 2008

LAS VISITAS DE SAMIR NAZAL A SU ABUELA EN EL AÑO MIL NOVECIENTOS TREINTA Y SEIS

Las hojas brillaban más que el viento: brillaban en verde y el viento lo hacía en azul. Lo comprobaba al salir de casa después del almuerzo, los sábados: la brisa alteraba los colores.
Los sábados, la familia visitaba a la abuela postrada y ciega que jamás podría salir de su habitación. Las mujeres pasaban la tarde discutiendo sobre los dulces que debían preparar. Si no llegaban con ellos, la abuela no los recibiría, o lo haría con menos gusto. A las nueve de la mañana se presentaba puntual el criado del almacén, hundido bajo sus tres sacos de azúcar y harina, y con ello comenzaba la agitación general. La madre corría jadeante los pasillos de un extremo a otro, dando instrucciones a gritos a las tías cuarentonas, que eran algo sordas. A las siete y media en punto los dulces tenían que estar horneados, y los hombres que discutían los acontecimientos sociales fumando pipa y los niños que recolectaban cucarachas en el jardín, llamaban a las mujeres a apresurarse. Quizá era eso lo que alteraba los colores, pensaba vagamente Samir Nazal en el año mil novecientos treinta y seis.
La procesión a la casa de la abuela estaba regulada por años de ritual: primero la madre, sosteniendo en sus brazos la comidas hechas a base de hojas de parra; luego, una junto a o la otra, las cuatro tías. Cada una llevaba grandes montones de delicias turcas que amenazaban socarronamente con caer y las obligaban a hacer de equilibristas. Mientras, adoctrinaban a las niñas que caminaban detrás:
- Tú, Mashka, especialmente tú Mashka, que tienes muslos grandes como de paridora, debes juntar las piernas al sentarte, para no incitar a malos pensamientos. Todas deben cuidar de incitar malos pensamientos, pero sobretodo tú, Mashka, que tienes muslos grandes como paridora.
- Tú, Samuela, tienes pechos muy grandes. Tú te tienes que jorobar al sentarte; jorobarte así para ocultar tus pechos grandes- decían las cuatro tías al unísono mientras se jorobaban, preocupadas de no dejar caer los panecitos.
Detrás, el padre leía el periódico con gran seriedad. De vez en cuando tropezaba con una piedra. Los niños varones caminaban junto a él. Algunos lo examinaban en su lectura y otros observaban los colores. Iban a casa de su abuela y procuraban almacenar los colores dentro de sí. Esto hacía Samir Nazal, en el año mil novecientos treinta y seis.
Apenas llegaban a la casa en Matucana, cuatro sirvientas salían a su encuentro. Cada una sostenía un candelabro que intercambiaba con una de las tías por el respectivo montón de dulces. Entonces las sirvientas subían las escaleras a oscuras y no tenían problema, porque conocían el camino. Pero las tías necesitaban los candelabros y con ellos alumbraban detenidamente cada escalón. Gritaban “¡ja!” cuando el resto de la procesión podía dar un paso adelante. Demoraban diez minutos en subir las escaleras, y esto se hacía con gran solemnidad.
La gran casa de la abuela no tenía separaciones de ambientes. La abuela era ciega, pero le gustaba saber lo que pasaba a su alrededor. Las sirvientas tenían sus camas en cada una de las cuatro esquinas. Bajo la ventana, una cocina a madera humeaba constantemente. Las únicas luces eran los candelabros desplegados alrededor de la abuela, que, con sus cabellos casi tan blancos como su piel y sus ojos celestes agua que reflejaban las pequeñas llamitas flameantes, fumaba de su narguile como rodeada por ángeles.
- ¿Cuántos?- preguntaba a las sirvientas y estas contaban a los visitantes, señalándolos uno a uno con el dedo índice.
- Veinte y dos- respondían las sirvientas. La abuela asentía.
- ¿Trajeron la comida?
- Sesenta y seis pastelitos y un gran plato de comida hecho a base de hojas de parra- respondían las sirvientas.
La abuela asentía e indicaba con el dedo que los dulces debían ser servidos en bandejas de plata. Los visitantes formaban un círculo alrededor de la anciana, que por algunos minutos se dedicaba a chupar de su pipa haciendo solemnes gestos de asentimiento.
Samir esperaba inquieto, en el año mil novecientos treinta y seis. Los asistentes se acercaban uno a uno a la abuela para que esta reconociera sus facciones con sus manos filudas y Samir miraba el cielo oscureciendo tras la ventana, haciéndose más y más azul. El cielo estaba casi negro cuando escuchaba la voz de la anciana, que tenía la vibración propia de otros mundos: “¿Cómo está la Salud, Samuela? ¿El espíritu, tranquilo?” una y otra vez, como un mismo instante repetido insistentemente. “Si, abuela”, decía una voz tras la otra. “Todo está muy bien”
Finalmente, su turno: los ojos vidriosos de la abuela parecían reconocerlo desde su rincón más oscuro que la noche y extendía hacía él su dedo índice, que hacía el movimiento de arrastrarlo hacia ella, como si a Samir, que no se había dado cuenta, le hubieran amarrado un imperceptible hilillo alrededor de la cintura. Samir obedecía sin que su conciencia interviniera y sólo se detenía cuando sentía la fría mano sobre su frente y miraba hacia delante, para reconocer dos puntos que refulgían y miraban a través de él.
Las manos inspeccionaban metódicamente las facciones, comenzando por la nariz y extendiéndose hasta los pómulos. “¡Samura!”, exclamaba la mujer y estrechaba al niño a los huesos que eran su cuerpo. “Si, abuela, todo está bien”, decía Samir dos veces, y luego la familia entera hacía una reverencia, antes de abandonar la habitación en una procesión silenciosa. Escalera abajo escuchaban las toses que retumbaban en las paredes, y los pasos aterciopelados de las sirvientas que se movían para buscar quien sabe qué.
Afuera, la noche los esperaba fresca y oscura y cuando caminaban en silencio no se encontraban con nadie, pues todo el mundo dormía. Las noches de los sábados Samir soñaba con una higuera en el desierto, en mil novecientos treinta y seis.

viernes, 4 de abril de 2008

Poema de Aschenbach

Hay quienes que, para cada problema,
encuentran una solución.
Estos son los necios,
pues, para encontrar la verdad,
sólo se guían por sus apetitos corporales
y por eso la encuentran

Hay otros que rara vez
vislumbran respuesta alguna.
Estos son los locos,
pues, para comprender al hombre,
sólo se guían por su metafísica

Hay, también,
aquellos cuyos pensamientos
son siempre correctos
y siempre falsos.
Aquellos son los que escriben
y son tan necios como locos

August Aschebach,
“Tratado sobre las Cosas y las Gentes", 1758

SOBRE EL CULTIVO DE FANTASMAS EN INTERIORES

Al llegar al tercer séptimo del camino de la vida, me dediqué al cultivo de fantasmas. Esto lo hacía así:

1.- Colocaba en mi pieza pocillos con agua con los que tropezaba cuando caminaba sonámbulo. De este modo, llegué a dormir sólo dos horas al día.
2.- En mis momentos de ocio, daba largas excursiones por las calles más concurridas de la ciudad: a la vez que me instruía sobre comportamientos sociales, conocía en alma propia los sentimientos de los fantasmas.
3.- Me hice sabio en mantener la mente en blanco. A los quince años, mi cabello era por entero cano y mi madre me obligó a teñirlo. Por el colegio, dijo.
4.- Me dediqué al estudio de las emociones de los animales. Llené mi casa de mascotas: gatos, perros y aves de todo tipo. Las emociones humanas se me apareceron como presuntuosas e insignificantes.

En poco tiempo, mi mundo estuvo poblado de fantasmas que me hacían compañía. Los días se me mostraron con un nuevo brillo y ya nunca los sonidos fueron los mismos.
Pero de esto ya son muchos los años y, cuando lo recuerdo, lo recuerdo como un libro monótono y leído en duermevela. Aún así, hoy me encuentro con fantasmas. A veces abro un cajón y allí hay uno sonriendo con malicia, como diciendo “Más sabe el diablo…”. O bien, me asomo por la ventana en la mañana y me encuentro con tres fantasmas acechándome con su habitual frialdad. Pero no siento miedo: lavo mi cara con agua fría y aspiro bien el aire. Cuando camino por la calle, trato de tropezar con todo el que se me cruce.