martes, 25 de marzo de 2008

Vargas y la Reina

“La tierra era algo caótico y vacío, y tinieblas cubrían la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”

Génesis: 1


Eduardo Vargas, teólogo y psiquiatra, llevaba pocas semanas atendiendo en su primera consulta, ubicada en Portugal con diagonal Paraguay. Aún no se titulaba en psiquiatría y Frida Gutiérrez era su primera paciente.
El doctor Vargas estuvo mucho tiempo tentado a usar su historia de amor con la cantante como prólogo para su esperada obra (“Mitología Cristiana: Transición del Verbo al Concepto”). Súbitos accesos de pudor y de respeto se lo impidieron.
Después de dos meses de tratamiento, estaba tentado a dar un diagnostico de borderline. La paciente aseguraba haber sido violada por su padre, así como haber sido obligada a presenciar el acto masturbatorio de tres de sus tíos sanguíneos. Acudió a la consulta por la depresión provocada por una ruptura amorosa. Mostró sus poesías al doctor y este determinó que se trataba de delirios que la paciente versificaba para protegerse de la locura absoluta.
El día que nació el amor entre ambos el doctor Vargas se encontraba deshecho. Hace un mes había consumado su primer divorcio y desde entonces había estado bebiendo más de la cuenta. Ese día, atendió por primera vez borracho.
- ¿Sabe, doctor?- interrumpió Frida, a la que el doctor había estado hablando largamente, sin poder ahora recordar lo que había dicho- Yo no me puedo tratar con usted. Y no porque usted esté como está, sino porque yo estoy enamorada de usted.
- ¿Ah, sí?- dijo el doctor Vargas y colocó cuidadosamente su pluma de escribir junto a los papeles en los que garabateaba.
Una semana más tarde, Frida Gutiérrez instalaba sus pertenencias en el departamento de Merced del especialista y comenzaban así los días más felices de la pareja.
Sucede que el psiquiatra había sido desde pequeño dado a la improvisación en el piano, siendo su gran pasión el jazz de mediados de siglo. El deseo de su padre de verlo convertido en médico, al igual que él, lo había alejado de su afición. Ahora, con Frida a su lado, que ya se perfilaba como la gran cantante que sería y a la que algunos ya conocían como La Reina, Eduardo Vargas tuvo el valor para cortar con la psiquiatría y dedicarse por completo a la música. Tomó clases con su amigo de infancia Ernesto Soares y a los meses tenía un espectáculo que presentar junto a Frida.
El informante recuerda bien esos días, en los que frecuentó a la pareja. Tocaban jueves, viernes y sábados en locales de Bellavista y Suecia y comenzaban a adquirir renombre. Entre el creciente público, recuerda el informante, se contaba a Soares, José Rodríguez, Claudio Naranjo y Samir Nazal, que participaron no pocas veces en las rencillas de madrugada. Aparecieron en las páginas de espectáculos de La Tercera e incluso se habló de firmar con un sello discográfico, pero las cosas distaban de andar bien entre la pareja.
El doctor y ahora pianista había desarrollado una fuerte adicción hacia los medicamentos estimulantes y la cantante era por naturaleza inclinada al alcohol. Las discusiones podían ser motivadas por el más mínimo incidente y llegaban con frecuencia a la violencia física. Eduardo Vargas, para demostrar su deseo de ver marcharse a Frida, había tirado cada mueble de ella por la ventana (y eran estos los únicos en el departamento) y Frida, para demostrar que no se iría, había quemado cada libro, rajado cada cuadro y cortado cada cinta de música. De esta manera, el departamento era un verdadero campo de batalla en el que los únicos muebles eran astillas y las únicas palabras insultos. Sin embargo, por tensa que estuviera la situación, sobre el escenario las ofensas eran olvidadas y, más aún, cada uno sentía por el otro un amor más grande de lo que se creían capaces. Hacían entonces planes en los que se veían recorriendo Europa, planes que eran olvidados en la siguiente pelea.
A los tres meses contrajeron matrimonio. Fue un acontecimiento inesperado para ambos. No habían considerado la posibilidad hasta una semana antes, cuando tuvieron una pelea excepcionalmente violenta:
- Vos erí maricón- le dijo Frida, que, montada sobre el doctor derrumbado en el piso, apretaba su cuello con la rodilla izquierda.- Por eso querí que me vaya, a vos te gusta por el orto.
. ¿Ah, sí?- dijo el doctor Vargas, al que comenzaba a faltar el aire.
- Sí, púh.
El doctor había conseguido zafarse y ahora hacía una llave a Frida.
- Casémonos entonces.
- ¡Ay!- dijo Frida.
- ¿Nos casamos?
- ¡Ay!
Frida consiguió los testigos: una amiga alcoholizada que a los meses se suicidaría y una pareja de homosexuales que daban besos al doctor mientras adoptaban posturas obscenas.
El matrimonio duró exactamente tres semanas. Después de la anulación, el doctor Vargas comenzó su investigación en el tratamiento de la esquizofrenia mediante ácido lisérgico junto a su colega Claudio Naranjo, y Frida se consagró como cantante en una improvisada gira por España, como telonera de un grupo punk melódico.
Ella alcanzaría la gloria; él, la cárcel.

EL REVOLVER DE CHITO

Chito quería matar a Jodorowsky. Yo lo alentaba. En parte, por odio. En parte, por diversión. Hasta que Chito se consiguió el arma. Iba a haber problemas.

Era un revólver blanco. Se lo compró a un viejo alemán, en Valparaíso. El cañón relucía bajo el naranjo, en el patio de Chito.

El veinte de Abril, Jodorowsky daría una charla. Chito se mantuvo en vigilia durante varios días. Fue el primero en llegar al recinto (a las seis de la mañana) y ocupó el mejor asiento. Escuchó la conferencia con un malestar creciente.

Sin embargo, cuando se acercó, con la mano sudando alrededor del arma, Jodorowsky lo confundió con un admirador y lo recibió con un gran abrazo. Conmovido, Chito se echó a llorar y lo llamó "maestro".

Ahora, Chito se lamenta por su debilidad. Lee los libros de Jodorowsky con desagrado, murmurando "La próxima vez sí que lo mato. ¡Lo mato!".