Cada noche, poquito después de las diez, saco a pasear a Toco, mi perro. No me gusta su nombre, pero ante la insistencia de mi familia y mi incapacidad para encontrar otro mejor, quedó como Toco. Ahora me avergüenzo, cuando tengo que presentarlo y decir que se llama Toco.
Toco conoce la hora de su paseo. Es la felicidad de su día. Duerme la tarde entera y, cuando despierta, se arrastra como un sonámbulo, golpeando los muebles al tambalearse. Pero cuando terminan las noticias, sabe que su momento se aproxima. Comienza a dar brincos, mueve la cola con euforia y ladra hacia la ventana. Corre hasta a mí y me mira, ansioso.
- Todavía no, Toco- le digo – Debes ejercitar la paciencia. Paciencia es lo que más necesitamos. El mundo andaría mejor, si hubiera más paciencia.
Toco comprende. Resignado, se echa a mis pies, pero no deja de lanzarme miradas suplicantes. No me conmueven. Conozco su carácter, soy casi como su padre. Tengo que educarlo y no me dejo embaucar por sus trucos.
A las diez y media en punto, apago el televisor, me levanto de la mesa y me estiro las mangas. Le digo:
- Ven, Toco, vamos a caminar. A ver qué nos depara la noche.
Toco no cabe en sí de la emoción. Da vueltas por el living como un poseso. Dos o tres vueltas y se abalanza dentro de su pieza, de donde sale con su pañuelo colgando del hocico. Es un pañuelo feísimo, pero el pobre no se da cuenta. Se lo regaló mi mamá para su primer cumpleaños. Desde entonces, es parte de la ceremonia. A pesar del azul chillón y de los corazones estampados, el pañuelo ennoblece la figura del perro. Tan orgulloso se siente de él, que al llevarlo su porte es más distinguido, su panza parece menos fofa y sus movimientos son algo menos atolondrados.
El trayecto lo variamos cada vez. En eso nos parecemos con Toco: a ambos nos gusta la aventura. Hay noches en las que caminamos por el parque hasta Irarrazabal. Miramos con asombro los locales llenos de borrachos, que nos intimidan con su desparpajo. Pero lo que más nos gusta es caminar por las calles del barrio y observar dentro de las casas. A los que miran televisión a oscuras y a los que duermen abrazados. Es como vivir varias vidas en una sola noche.
Todas las noches terminamos en el mismo lugar: la placita Bernarda Morín, al lado de mi casa. Y es que Toco tiene una polola allí. Se conocen hace tres meses y me parece que su amor es verdadero.
Llegamos antes que ella. Esa es una costumbre de caballeros. Yo me siento en un banco y prendo un cigarrillo. Toco olisquea por los rincones, trata de comer basura o se persigue la cola. Al rato, le digo:
-¡Mira, Toco, tu novia!
Toco lanza una mirada que pretende ser despreocupada y hace como si no viera. Sigue en lo de antes, como si nada pasara, pero yo sé que está nervioso.
A lo lejos, la perrita lo mira con las orejas alzadas. Es una bonita perra, rubia y de ojos celestes. Su pelo siempre parece recién lavado. Corre hacia Toco y le olisquea el trasero. En segundos, están persiguiéndose por la plaza, lanzándose ladridos coquetos, enamorados. Doña teresa, la dueña de la perrita, se sienta a mi lado y me sonríe.
- Que bonitos son- me dice.
- Son muy bonitos.
Doña Teresa debe tener unos sesenta años. Es regordeta y tiene la cara colorada. Sus ojos son chiquitos y brillan cuando sonríe. Sonríe con la cara entera. Pero siempre se viste de negro. Algún día le preguntaré por qué.
Miramos a los perros. Su alegría nos contagia.
- Hoy día, su perro está más tranquilo- me dice doña Teresa.
- Está muy tranquilo. Demasiado tranquilo. Espero que no esté enfermo. Si sigue así, voy a llamar al doctor.
- Dios no lo quiera. Uno sufre por ellos como por los propios hijos.
Doña Teresa baja la vista hacia sus manitos, que se mueven como si tejieran con el aire. Levanta la vista de golpe. Noto que está preocupada.
- ¿Está vacunado, su perrito?
- Por supuesto que está vacunado. Tiene todas las vacunas al día. Ni una le falta.
Doña Teresa suspira aliviada. Volvemos a mirar a los perros.
Laica (así se llama ella) es mucho más ágil que Toco. Toco es un grandulón bastante torpe. Tonto, incluso. Laica es una perrita despierta. Sus ojitos brillan con inteligencia y sus movimientos son ágiles y precisos. Me sorprendo que esté enamorada de Toco.
- ¡Mírela, qué inmoral!- exclama doña Teresa, y es verdad. Laica se ha acostado de espalda con las patas abiertas. Toco la olfatea con curiosidad, muy serio.
Doña Teresa da tres enérgicas palmadas y la perrita se pone de pie. Mira a Toco con resentimiento, como diciendo “¡Mira las cosas que me haces hacer!”. Al cabo de un rato, están jugando como antes.
- Su perro no hace cosas malas- me dice doña Teresa, sonriendo.
- No, no hace cosas malas. Es un perro muy decente.
Los perros ahora se han cansado. Miran cada una hacia su lado, ignorándose mutuamente. Quizá qué estarán pensando. Doña Teresa mira el cielo. Se levanta.
- Ya es muy tarde. Buenas noches, hijo.
- Buenas noches, doña Teresa.
Doña Teresa llama a la perrita y caminan juntas hacia la oscuridad. Prendo un cigarrillo y verifico el paso lento de la anciana y toda la energía innecesaria del animal: corre diez metros y se devuelve otros veinte. Mientras, la mujer continúa su caminar, inmutable.
Cuando las veo perderse en la esquina, siento una gran tristeza. Mañana tendré que volver a despertar.
sábado, 7 de marzo de 2009
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