Fue mi tía la que nos habló de Saida, la componedora. Mi abuela habló después. Escuchamos con asombro y escepticismo las historias de sanación. “Saida, la mujer que soba”, le decían.
Había heredado el don de su madre; lo ejercía desde muy pequeña. Trataba a futbolistas, señoras de edad e incluso a doctores. Con Carolina iríamos a verla al día siguiente.
Llevábamos poco tiempo en Coquimbo y sus calles, excepto las más concurridas, nos eran ajenas. Esperamos el taxi colectivo durante quince minutos en vano: las indicaciones de mi tía o eran incorrectas o las habíamos mal entendido. Preguntamos a un transeúnte dónde tomar el colectivo y nuevamente llegamos a un lugar falso, donde no transitaban autos ni peatones.
Nos topamos con un anciano cuyas palabras nos desconcertaron aún más: ir para “allá”, llegar a la bomba, subir, ir al almacén, caminar por la calle de los Valdivia hasta una esquina. Pero eso no nos convenía: quedaríamos en una posición en la que tendríamos que hacer un trayecto más largo, pasear por todo el centro en el auto y probablemente nos cobrarían más caro. Por eso, sostenía el anciano antes de contradecirse de nuevo, lo mejor era “seguir por acá”, llegar a la iglesia y preguntarle al curita por los colectivos a San Juan.
Mientras hablaba, el anciano hacía gestos imprecisos con las manos, que lo mismo podían significar una dirección como la otras. Carolina se impacientaba: el dolor de su pierna aumentaba. Caminaba a duras penas y le costaba tenerse de pie. Preguntamos la dirección a cada persona que nos topamos y todos nos daban una versión distinta. De alguna forma, nos topamos con un colectivo que decía “San Juan”.
-¿A dónde van?- El colectivero usaba lentes de sol. Por algún motivo contenía la risa. ¿Era algo que había escuchado en la radio? ¿Nuestro aspecto? ¿Se había dado cuenta de que no éramos de allí?
- Jesús Salvador 369, por favor.
Puso el auto en marcha mientras nos miraba por el espejo retrovisor.
- ¿Les puedo preguntar dónde van?
- A ver a Saida, la mujer que soba. Una componedora.
El hombre pareció entusiasmarse.
- Yo voy donde la Marta- dijo. –Es que soy de Ovalle. Y un día me empezaron a doler los riñones. No podía quedarme sentado, de lo fuerte que era el dolor. Y fui donde la Marta. Y listo: la mujer me quitó el dolor. O sea, me lo cambió de lado: del costado derecho al izquierdo. Pero después empecé a sangrar. Me salía sangre en la orina, entiende? Al hospital tuve que llegar. Pero era buena ella. Marta se llamaba. Para que sepan.
En Jesús Salvador había feria. El colectivero dijo que teníamos que atravesarla para llegar donde Saida.
Caminamos con optimismo, al comienzo, creyendo encontrarnos muy cerca: si estábamos en el número 300, el 369 no podía estar muy lejos. No tardamos en decepcionarnos: después del 200 venía el 28, y a este le seguía el 68. Luego el 23. La numeración no tenía sentido. ¿Qué hacer? Volvernos no tenía sentido. Habíamos invertido dinero y tiempo: la tarde comenzaba a declinar. Sólo nos quedaba preguntar.
La mujer de un negocio afirmó que la componedora atendía junto al motel “No Sé”, pero ignoraba cómo llegar a éste. Otra señora dijo que nunca había escuchado hablar de Saida, pero que en El Llano (de donde veníamos) atendía una tal Marta, que también hacía sanaciones. “Dicen que es muy bueno, pero yo nunca he ido. Es que dicen que es muy sucia. Pero dicen que es buena”. Un barrendero nos dijo que debíamos caminar un par de cuadras, doblar hacia la izquierda y caminar tres cuadras más. El tipo se había confundido y creía que buscábamos a la esposa de un tal Vicente Saida.
Desistimos. Caminábamos de regreso abatidos, Carolina cojeando por el dolor que había aumentado por la caminata y yo rumiando sobre mi indisciplina e incapacidad de trabajo, cuando distinguimos una casa con las puertas abiertas de par en par. En el living, señoras de edad parecían esperar turno. Esa era la casa de Saida.
Nos sentamos entre las señoras. Una nos sonrió, la otra nos miró de reojo. Se abrió la puerta de una habitación, salió una mujer cojeando y quejándose y desde adentro una voz dijo “la que sigue”. Entró la mujer sonriente. La otra se nos quedó mirando.
- Son extraños sus zapatos- me dijo.
Me los miré.
- Si- reconocí- pero me gustan.
La mujer hizo un gesto de desagrado y se acomodó en el sillón. Nos preguntó de dónde éramos.
- Éramos de Santiago, pero ya no.
- ¿Estudiantes?
- Yo estudio composición- le dije.
- ¿Arregla huesos?
- Estoy aprendiendo.
Al rato le tocó su turno. Con Carolina nos quedamos solos. Miramos la sala, el cuadro de colores chillones frente a nosotros y el florero con flores de plástico. Nos miramos buscando alguna respuesta. Apreté su mano y ella arqueó las cejas.
En ese momento apareció doña Saida, despidiendo a la mujer. “No olvide las infusiones”, se despidió.
Doña Saida era una mujer de aspecto germánico. Usaba delantal y llevaba el cabello tomado.
- ¿La puedo acompañar?- le pregunté.
- ¿Es su esposa?
- No, todavía no.
- Entonces no.
Condujo a Carolina tomada del brazo. Alcancé a ver un cuarto a media luz, con las paredes tapizadas con imágenes religiosas. Sentí (o creí sentir) olor a mirra, a incienso y a especies. Luego la puerta se cerró.
domingo, 24 de agosto de 2008
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