Las hojas brillaban más que el viento: brillaban en verde y el viento lo hacía en azul. Lo comprobaba al salir de casa después del almuerzo, los sábados: la brisa alteraba los colores.
Los sábados, la familia visitaba a la abuela postrada y ciega que jamás podría salir de su habitación. Las mujeres pasaban la tarde discutiendo sobre los dulces que debían preparar. Si no llegaban con ellos, la abuela no los recibiría, o lo haría con menos gusto. A las nueve de la mañana se presentaba puntual el criado del almacén, hundido bajo sus tres sacos de azúcar y harina, y con ello comenzaba la agitación general. La madre corría jadeante los pasillos de un extremo a otro, dando instrucciones a gritos a las tías cuarentonas, que eran algo sordas. A las siete y media en punto los dulces tenían que estar horneados, y los hombres que discutían los acontecimientos sociales fumando pipa y los niños que recolectaban cucarachas en el jardín, llamaban a las mujeres a apresurarse. Quizá era eso lo que alteraba los colores, pensaba vagamente Samir Nazal en el año mil novecientos treinta y seis.
La procesión a la casa de la abuela estaba regulada por años de ritual: primero la madre, sosteniendo en sus brazos la comidas hechas a base de hojas de parra; luego, una junto a o la otra, las cuatro tías. Cada una llevaba grandes montones de delicias turcas que amenazaban socarronamente con caer y las obligaban a hacer de equilibristas. Mientras, adoctrinaban a las niñas que caminaban detrás:
- Tú, Mashka, especialmente tú Mashka, que tienes muslos grandes como de paridora, debes juntar las piernas al sentarte, para no incitar a malos pensamientos. Todas deben cuidar de incitar malos pensamientos, pero sobretodo tú, Mashka, que tienes muslos grandes como paridora.
- Tú, Samuela, tienes pechos muy grandes. Tú te tienes que jorobar al sentarte; jorobarte así para ocultar tus pechos grandes- decían las cuatro tías al unísono mientras se jorobaban, preocupadas de no dejar caer los panecitos.
Detrás, el padre leía el periódico con gran seriedad. De vez en cuando tropezaba con una piedra. Los niños varones caminaban junto a él. Algunos lo examinaban en su lectura y otros observaban los colores. Iban a casa de su abuela y procuraban almacenar los colores dentro de sí. Esto hacía Samir Nazal, en el año mil novecientos treinta y seis.
Apenas llegaban a la casa en Matucana, cuatro sirvientas salían a su encuentro. Cada una sostenía un candelabro que intercambiaba con una de las tías por el respectivo montón de dulces. Entonces las sirvientas subían las escaleras a oscuras y no tenían problema, porque conocían el camino. Pero las tías necesitaban los candelabros y con ellos alumbraban detenidamente cada escalón. Gritaban “¡ja!” cuando el resto de la procesión podía dar un paso adelante. Demoraban diez minutos en subir las escaleras, y esto se hacía con gran solemnidad.
La gran casa de la abuela no tenía separaciones de ambientes. La abuela era ciega, pero le gustaba saber lo que pasaba a su alrededor. Las sirvientas tenían sus camas en cada una de las cuatro esquinas. Bajo la ventana, una cocina a madera humeaba constantemente. Las únicas luces eran los candelabros desplegados alrededor de la abuela, que, con sus cabellos casi tan blancos como su piel y sus ojos celestes agua que reflejaban las pequeñas llamitas flameantes, fumaba de su narguile como rodeada por ángeles.
- ¿Cuántos?- preguntaba a las sirvientas y estas contaban a los visitantes, señalándolos uno a uno con el dedo índice.
- Veinte y dos- respondían las sirvientas. La abuela asentía.
- ¿Trajeron la comida?
- Sesenta y seis pastelitos y un gran plato de comida hecho a base de hojas de parra- respondían las sirvientas.
La abuela asentía e indicaba con el dedo que los dulces debían ser servidos en bandejas de plata. Los visitantes formaban un círculo alrededor de la anciana, que por algunos minutos se dedicaba a chupar de su pipa haciendo solemnes gestos de asentimiento.
Samir esperaba inquieto, en el año mil novecientos treinta y seis. Los asistentes se acercaban uno a uno a la abuela para que esta reconociera sus facciones con sus manos filudas y Samir miraba el cielo oscureciendo tras la ventana, haciéndose más y más azul. El cielo estaba casi negro cuando escuchaba la voz de la anciana, que tenía la vibración propia de otros mundos: “¿Cómo está la Salud, Samuela? ¿El espíritu, tranquilo?” una y otra vez, como un mismo instante repetido insistentemente. “Si, abuela”, decía una voz tras la otra. “Todo está muy bien”
Finalmente, su turno: los ojos vidriosos de la abuela parecían reconocerlo desde su rincón más oscuro que la noche y extendía hacía él su dedo índice, que hacía el movimiento de arrastrarlo hacia ella, como si a Samir, que no se había dado cuenta, le hubieran amarrado un imperceptible hilillo alrededor de la cintura. Samir obedecía sin que su conciencia interviniera y sólo se detenía cuando sentía la fría mano sobre su frente y miraba hacia delante, para reconocer dos puntos que refulgían y miraban a través de él.
Las manos inspeccionaban metódicamente las facciones, comenzando por la nariz y extendiéndose hasta los pómulos. “¡Samura!”, exclamaba la mujer y estrechaba al niño a los huesos que eran su cuerpo. “Si, abuela, todo está bien”, decía Samir dos veces, y luego la familia entera hacía una reverencia, antes de abandonar la habitación en una procesión silenciosa. Escalera abajo escuchaban las toses que retumbaban en las paredes, y los pasos aterciopelados de las sirvientas que se movían para buscar quien sabe qué.
Afuera, la noche los esperaba fresca y oscura y cuando caminaban en silencio no se encontraban con nadie, pues todo el mundo dormía. Las noches de los sábados Samir soñaba con una higuera en el desierto, en mil novecientos treinta y seis.
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2 comentarios:
Hola Gallardo, que lindo cuento o informe. Me haré visitante regular de su blog. Espero que nos veamos luego mijo.
Simón Smith.
Valiosísimo testimonmio, carissimo Jorge. Pronto nos veremos para homenaejar a nuestro padre, amigo, ser luminoso que seguirá fulgurando.
Cristián Basso Benelli
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