Al llegar al tercer séptimo del camino de la vida, me dediqué al cultivo de fantasmas. Esto lo hacía así:
1.- Colocaba en mi pieza pocillos con agua con los que tropezaba cuando caminaba sonámbulo. De este modo, llegué a dormir sólo dos horas al día.
2.- En mis momentos de ocio, daba largas excursiones por las calles más concurridas de la ciudad: a la vez que me instruía sobre comportamientos sociales, conocía en alma propia los sentimientos de los fantasmas.
3.- Me hice sabio en mantener la mente en blanco. A los quince años, mi cabello era por entero cano y mi madre me obligó a teñirlo. Por el colegio, dijo.
4.- Me dediqué al estudio de las emociones de los animales. Llené mi casa de mascotas: gatos, perros y aves de todo tipo. Las emociones humanas se me apareceron como presuntuosas e insignificantes.
En poco tiempo, mi mundo estuvo poblado de fantasmas que me hacían compañía. Los días se me mostraron con un nuevo brillo y ya nunca los sonidos fueron los mismos.
Pero de esto ya son muchos los años y, cuando lo recuerdo, lo recuerdo como un libro monótono y leído en duermevela. Aún así, hoy me encuentro con fantasmas. A veces abro un cajón y allí hay uno sonriendo con malicia, como diciendo “Más sabe el diablo…”. O bien, me asomo por la ventana en la mañana y me encuentro con tres fantasmas acechándome con su habitual frialdad. Pero no siento miedo: lavo mi cara con agua fría y aspiro bien el aire. Cuando camino por la calle, trato de tropezar con todo el que se me cruce.
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4 comentarios:
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marceLOCOfré.
jorge si me recuerdas di acepto y si no lo haces di acepto. siempre es mejor respirar sin resistencia. varona
mi blog varona.blog.terra.cl
cuentame sobre samir
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